Neuropatias 1903

XIV CONGRESO INTERNACIONAL DE MEDICINA

MADRID, ABRIL 1903

SECCIÓN NEUROPATÍAS, ENFERMEDADES MENTALES Y ANTROPOLOGÍA CRIMINAL

COMITÉ ORGANIZADOR DE LA SECCIÓN

Presidente …………………………………………………………………………………Sr. José María Esquerdo Zaragoza.

Vicepresidentes ………Sr.. Simarro y Lacabra, Rafael Salillas y Ponzano, Jaime Vera y López.

Secretario ………………………………………………………………………………………………..Sr. Abdón Sanchez Herrero.

Subsecretarios……………………………Jerónimo o Galiana y Soriano, Ramón Ezquerra y Baig, Enrique Navarro Ortiz.

Miembros …………………………………. Adriano Alonso Martínez, Emilio Loza Collado, Serafin Buisen y Tomati, Toras Maestre y Perez, Federico Oloriz y Aguilera.

SESIÓN DEL 24 DE ABRIL

La Sección de Neuropatías, Pacientes Mentales y Antropología.

La investigación criminal comenzó el viernes 24 de abril a las nueve en punto de la mañana.- Después de un discurso (ver página 2a), en el que el Presidente,

El Sr. JOSE MARIA ESQUERDO Y ZARAGOZA saludó a los delegados. En nombre de sus colegas, el nombramiento de los presidentes. de honor y secretarios adjuntos. Fueron nombrados Presidentes de Honor:

Los doctores ACCHIOTE (Constantinopla), ALEXANDER Londres, BELL (Nueva York), BENEDICT (Wien), BERNHEIM (Nancy),BIANCHI (Napoli), BRISSAUD (París), CASTELLINI (Napoli), FERRIER (Londres), FRANKL (Wien), HOPPE (Cincinnati), JOFFROY (Paris), LANGBERG (Bergen), LOMBROSO (Torino), MACDONALD (Nueva York), MARINESCO (Bucarest), DE MATTOS (Oporto), MIERZEJEWSKY (St.Petersbourg), RAYMOND (París), REGIS (Burdeos), SCHULLER (Wien), SOLLIER (París), SOUKHANOFF (Moscú), VAN DEVENTER Meerenburg) y VEYGA (Buenos Aires).

SESIÓN DEL 25 DE ABRIL

ETIOLOGÍA Y TERAPIA PSÍQUICA

Ponencia del Dr. Abdón Sánchez Herrero

I

Paréceme innecesario decir que los agentes de la etiología psíquica son las emociones, como los agentes de la etiología infecciosa son los microbios, como los de la parasitaria son los parásitos, como los de las intoxicaciones son los venenos y como los de los traumatismos son las acciones físicas directas o por contragolpe.

Solamente que de los microbios patógenos, de los parásitos patógenos, de los venenos y de los agentes traumáticos, tenemos un concepto definitivo; mientras que el concepto spenceriano de la emoción, considerándola como un estado de conciencia semejante al de la sensación del cual se diferencia mas por su origen que por su mecanismo y proceso, es un concepto provisional todavía necesario. Porque si la ciencia actual afirma, y afirma bien, “que la vida normal y patológica esta siempre subordinada a condiciones del orden puramente físico” (C. Bernard ), de este condicionalismo no puede substraerse la emoción, ni la misma razón humana, fenómenos vitales al cabo, aunque tal condicionalismo nos sea en parte, y aunque nos fuera del todo, desconocido. El error de la ciencia actual, es creerse en posesión de las leyes fundamentales de la Física, trazando líneas de separación entre la Física y la Metafísica, cuando esta ultima no es ni puede ser otra cosa que la Física ignorada.

Y es por esta ignorancia por la que tenemos que calificar todavía la emoción de estado de conciencia, penoso o placentero, suscitado, no directamente por los agentes físicos, como la sensación, sino suscitado por la significación afectiva o trascendente de sucesos o acontecimientos relacionados con el sujeto consciente, en cuya significación intervienen sus creencias, supersticiones y hasta errores de juicio de los más groseros. En una palabra: tenemos que calificar la emoción fundados casi exclusivamente en un subjetivismo ajeno a los métodos de indagación y de comprobación científicas, y limitarnos en buena y legitima ciencia a averiguar los mecanismos de su génesis, su contenido anatómico-inicial, sus consecuencias anatomo-fisiolôgicas, y los medios y procedimientos mas eficaces de corregir estas últimas, bien suprimiendo su causa, bien atacándolas directamente, bien desplegando las dos acciones al mismo tiempo.

Mi objeto en la presente comunicación, es demostrar la extensión enorme que tienen en la clínica las acciones patógenas de las emociones, y la que deben tener las acciones terapéuticas antiemocionales de la sugestión, haciendo una relación sumaria de mis trabajos sobre las apuntadas cuestiones.

Pero antes de empezar estas demostraciones, me parece indispensable dejar bien establecida la categoría de la emoción como causa morbosa; es decir, discernir si las emociones patógenas son meros agentes causales o son ya enfermedades primarias determinadas por los motivos emocionantes, en cuyo caso las enfermedades de origen emocional, vendrían a ser siempre enfermedades secundarias y a un terciarias. Por de pronto, así como en las infecciones y en los parasitismos, sin poderse afirmar la existencia de la inmunidad natural absoluta, es evidente la relativa en unos sujetos y la predisposición en otros, y como en las intoxicaciones y en los traumatismos, a pesar de la universalidad de sus acciones, han de reconocerse muchos grados de resistencia individual, en la etiología emocional, con ser inaceptable la completa impasibilidad o el completo estoicismo, es de observación vulgar la parte que toma en la patogenia subsiguiente, una predisposición especial que, por serlo, tiene su nombre propio: la emotividad, la cual se adjetiva en los sujetos que la tienen muy acentuada y se les califica de emotivos.

Yo considero la emotividad, lo mismo que las otras predisposiciones, como verdadera enfermedad previa; pero como en resumidas cuentas, todos los individuos humanos somos mas o menos emocionables, la emotividad sera un elemento concurrente a determinar la intensidad de acción patógena de la emoción, mas no sera un elemento causal indispensable. De otra parte, ninguna causa morbosa lo es por si, sino que todas, sin excepción, lo son por cuanto actúan y producen enfermedad; y esta ley etiológica comprende a las emociones como a todas las demás causas morbosas. Sobreviene el motivo emocionante o sobreviene el microbio, y el sujeto que los recibe resiste o no resiste a sus intentos de acción patógena: ¿resiste eficazmente? pues ni hay enfermedad ni hay causa morbosa que valga: ¿no resiste bastante? pues se generan la emoción patógena, o la toxina patógena, o la acción irritativa local, y se constituyen la enfermedad emocional, o la infección general, o el daño local con todas sus consecuencias. En uno y otro caso, ni el motivo emocionante ni el microbio son causa de nada; las verdaderas causas son la emoción, la toxina, o la acción irritativa. Claro que estas causas son a su vez efectos de los motivos emocionantes y de los microbios, en conflicto con el organismo; pero motivos emocionantes y microbios nos rodean y nos penetran de continuo y no nos producen siempre enfermedades, luego lo esencial etiológico es la emoción o la toxina, no tampoco por si, sino por cuanto actúan patogénicamente. Como que hay emociones y microbios curativos y preservativos de enfermedad que por ello han de reputarse elementos de salud. La emoción patógena, como la toxina microbiana no son enfermedades; son causas morbosas y las enfermedades que ocasionan, son en realidad enfermedades primarias, aunque su intensidad dependa del grado de predisposición del sujeto invadido, y aunque sean indicaciones terapéuticas la separación de motivos emocionantes, la microbicida, y la tóxica, que sin embargo no curarán con sus indicados, mientras las antiemocionales y las antitoxínicas no logren, con los suyos, abolir las acciones causales respectivas, porque los motivos de emoción y los microbios son prácticamente inagotables.

Abordando ya el asunto de la etiología emocional, se impone desde luego el reconocimiento de dos clases de emociones con efectos orgánicos total o casi totalmente opuestos; clases que no coinciden, como pudiera suponerse, con las acciones agradables o penosas sobre el sujeto. Algunas de las penosas, como la ira y la cólera, producen los efectos orgánicos de las agradables, y algunas de estas últimas exageradas, producen los efectos orgánicos de las penosas. Por consiguiente bajo el punto de vista patogenético, que es el que aquî nos interesa, las emociones se dividen en esténicas, tónicas, o excitantes, y en asténicas, atónicas o deprimentes. Las primeras son rara vez patógenas y pueden ser curativas; las segundas son siempre mas o menos patógenas y nunca terapéuticas. La alegría moderada, el amor correspondido, la ambición comedida, la ira y la cólera, son ejemplos de emociones esténicas, tónicas o excitantes; la tristeza, el amor contrariado, la ambición desmedida, el temor, el miedo, el terror pánico, son ejemplos de emociones asténicas, atónicas o deprimentes.

Ahora: son hechos demostrados y, con muy escasas diferencias, comprobados por mí en una larga serie de experimentos de sugestión, durante el hipnotismo y en el estado de vigilia, los siguientes:

Las emociones esténicas, aumentan la actividad circulatoria, disminuyen la resistencia eléctrica de los tejidos, precipitan y amplifican las movimientos respiratorios, aumentan la temperatura y la resistencia al frio, hacen mas rápida y perfecta la digestión, mas abundantes y sanas ciertas secreciones, acortan el tiempo de reducción de la hemoglobina, y el de reacción nerviosa, aumentan la energía contráctil de los músculos estriados y lisos, y pueden llegar a determinar la embriaguez emocional, mal llamada intoxicación psíquica, la manía transitoria, y la muerte repentina por agotamiento, aunque el hecho sea raro.

Las emociones deprimentes, por el contrario; disminuyen la actividad circulatoria, aumentan la resistencia eléctrica de los tejidos, retardan y hacen mas superficiales los movimientos respiratorios, disminuyen ciertas secreciones o las hacen patológicas y aumentan otras dándoles también caracteres anormales, alargan el tiempo de reducción de la hemoglobina, y el de reacción nerviosa, disminuyen la energía contráctil de los músculos de la vida de relación y de la vida orgánica, y pueden llegar a determinar la melancolía aguda vesánica, la parálisis general progresiva, erupciones pustulosas en la piel, angiocolitis con ictericia, la obesidad de marcha rápida, el cáncer, (Reibel) la acromegalia, (Pel) y diversas gangrenas. (De la Bousse).

Y todo ello de una manera inmediata, fatal, con una relación de causa a efecto tan clara y tan indiscutible como la que existe entre la puñalada y la herida, sin mas diferencias entre dichas perturbaciones que las procedentes del grado de trastorno subordinado a la intensidad de acción causal, y a la actividad del sujeto influido.

Se comprende que semejantes perturbaciones funcionales, producto de alguna lesión anatómica inicial, por desconocida que sea, no pueden persistir durante un tiempo cualquiera, sin implicar modificaciones profundas del proceso nutritivo normal, hasta convertirlo en patológico.

Y son hechos igualmente demostrados por la observación repetida durante siglos, que las emociones, principalmente las deprimentes y prolongadas, ocasionan en unos sujetos la vejez prematura; en otros la diabetes sacarina, o la azotúrica; en otros la cloroanemia, o el bocio exoftálmico; en algunos la púrpura hemorrágica o diferentes dermatosis; en muchos la histeria, o la epilepsia, o la enfermedad de Parkinson, o el corea, o cualquiera otra enfermedad convulsiva; y en no pocos, diversas formas de enajenación mental.

Todo ello a pesar de no ser la etiología emocional la que más ha llamado la atención de los patólogos en estos tiempos, en que tan positivos adelantos han hecho otras etiologías, y de haber encontrado entre ellos algunos adversarios decididos y muchos desdeñosos o indiferentes. Porque mi experiencia personal me ha enseñado que las emociones intervienen en la génesis de muchísimos más procesos, como causas principales o como concausas que preparan el terreno orgánico; que agravan las enfermedades o las prolongan. Varios excelentes observadores, entre los cuales merece mención especial el insigne Bernheim (de Nancy), declaran terminantemente que las emociones deprimentes tienen una acción de las mas funestas en la marcha de la tuberculosis, así como las esténicas que representen ánimos y esperanzas, la tienen de las mas favorables en el mismo proceso. Recuerdo a este propósito un caso que observé en Valladolid y en persona bien conocida en aquella población, con un apellido que ha hecho ilustre en las armas y en las letras un su hermano, superviviente, por fortuna, para la causa de la civilización y del intelectualismo. Todos los concurrentes al casino vallisoletano de la Victoria, vimos durante mas de dos años a aquel esqueleto, casi sin vida mas que en los ojos brillantes, asistir casi todos los días a su tertulia, para hablar de su pleito. Porque era un pleito el motivo emocionante que lo sostenía.

Interesado yo entonces, como ahora y como siempre, en el problema de la tuberculosis, pronto encontré ocasión de hacerme cargo por completo de la situación del enfermo. Tratábase de un sujeto todavía joven, pues que acababa de entrar en la cuarentena, padre de muchos hijos, de los que el mayor no había salido del Instituto. Tísico declarado desde hacía cuatro años, y alguno después de incoado un pleito de cuya pérdida o ganancia resultaría la miseria o la opulencia para su familia, era él mismo, como abogado, su propio defensor. Guando se le preguntaba por su salud contestaba invariablemente: “Muriéndome; pero como no me puedo morir hasta haber ganado el pleito, porque lo ganaré si vivo, y sinó lo perderían mis hijos y se quedarían sin qué comer, he decidido no morirme hasta que se me haga justicia”.

Una noche de invierno, al llegar a su casa y empezar a subir la escalera, se le presentó una hemoptisis tan espantosa, que no perdería menos de un litro de sangre, cosa que parecía imposible en aquel cuerpo cuyo enflaquecimiento había llegado, como he dicho, a la extrema esqueletización. Apesar de ella subió la escalera agarrado â la barandilla, y él mismo tranquilizó a su angustiada esposa y se metió en la cama repitiendo su eterna cantilena de que no podía morirse hasta haber ganado el pleito. Al día siguiente volvió al casino, no mas demacrado, por que ya no era posible mayor demacración; pero si mas pálido, cadavérico. Según su médico, vivía milagrosamente con menos de medio pulmón, y con una miseria de alimentación inverosímil; pero así vivió todavía, febril, sudoroso, arrojando jofainas de esputos purulentos, y atracándose de bismuto y opio para contener la diarrea, unos seis meses; hasta que como todo acaba en el mundo, hasta los pleitos en los tribunales españoles, aunque algunos estén en tramitación tres o cuatro siglos, se acabó el suyo y se acabó ganándolo nuestro tísico. El mismo día que le pusieron en posesión de los bienes que se habían discutido, se metió el enfermo en la cama y les dijo a su mujer a sus hijos y a su médico: “;Vaya! Ahora ya me puedo morir tranquilo; que venga el cura, y disponed todo lo necesario para el entierro.” A las cuarenta y ocho horas estaba de cuerpo presente.

II

Médicamente hablando, ¿qué es la emoción, y cuál es el mecanismo de su acción patógena? La emoción en el ultimo análisis tiene que ser una representación cerebral, como representaciones cerebrales son las sensaciones, las ideas, los juicios y las voliciones; y una representación cerebral no puede ser otra cosa que un movimiento celular, molecular o atómico del mismo cerebro. Que este movimiento se transmita al éter intermolecular, o interatómico, o interorgánico; que de este se transmita o no se transmita al alma pecadora, y que ésta sea o no sea el sujeto emocionado, médicamente hablando, importa poco o nada. O el pensamiento tiene un equivalente mecánico en la nutrición o no lo tiene; si lo tiene, como esta hasta la saciedad demostrado en todos los órdenes de la actividad mental, es este equivalente mecánico el que como médicos nos interesa, sin poner limites prematuros y ridículos a la mecánica.

Todo el mundo sabe, o si no lo sabe lo siente dentro, que justo o injusto, pareciéndonos justo desde luego, hay en nosotros un código moral que nos enseña el bien y el mal, no solamente abstracto, sino concreto y relacionado con nuestro bienestar y con nuestro porvenir, código cuyos artículos están escritos por mano de la educación y de la instrucción, en otras tantas representaciones cerebrales, en otros tantos órdenes de movimientos, constituyendo lo que llamamos parte efectiva de la actividad mental. Las sensaciones, los sucesos, la memoria, la imaginación, el pensamiento, no se limitan a crear ideas y a determinar juicios, sin otra finalidad que la sabiduría; sus representaciones, sus movimientos, comparecen ante el código moral a recibir interpretación utilitaria, y por su adaptación a los movimientos preexistentes del bien o del mal, provocan un afecto placentero o penoso.

Este bien y este mal, repito, que justos o injustos, racionales o irracionales, son los resultantes del aprendizaje conservador del individuo, para sí mismo y para la especie, muchas veces no del todo consciente. Que le toca la lotería, pues se emociona alegremente; pero si el dinero que van a darle no le sirviera para nada, se quedaría indiferente. Que se le muere su padre, que era su sostén y el agente do su porvenir venturoso, pues se emociona tristemente; pero que crea a pies juntillas, como algún pueblo salvaje, que a los padres viejos o inválidos se les debe matar para que descansen de una vez, y él mismo le dará la puñalada misericordioso y se quedará tan satisfecho pensando que ha cumplido con un deber.

La raíz utilitaria de las emociones se encuentra siempre que se busca con el detenimiento necesario, hasta en aquellas emociones, como la emoción estética, que parecen mas desligadas de todo interés para el sujeto. En las patógenas dicho fundamento es incuestionable, y por eso no me detengo mas tiempo en su defensa.

Los movimientos representativos del código moral, que cada cual se ha formado, son parte de nuestra actividad cerebral, continua; parte, por consiguiente, de nuestra vida, reglada y regida además por las actividades cerebrales; movimientos creados por la nutrición al impulso de motivos exteriores a ella, y por la nutrición sostenidos. Todo lo que los amplíe y favorezca será emoción esténica; todo lo que los contraríe, sera emoción deprimente. Tan cierto es esto, que la nutrición excitada por el trabajo, que la sola actividad funcional voluntaria, crea la emotividad alegre y placentera que estalla en emociones esténicas por el menor motivo y aún sin motivo apreciable, y la sola inactividad funcional voluntaria crea la emotividad triste y penosa que estalla en emociones deprimentes por cualquier motivo y aun sin motivo apreciable. Cuando yo era muy joven, casi un niño todavía, y estaba anémico y melancólico, por obra de ambiciones locas, nacidas de lecturas malsanas, me daban lastima las cuadrillas de trabajadores del campo que al caer de la tarde volvían al pueblo después del trabajo rudo de sol a sol, porque volvían cantando y mas alegres que unas castañuelas, sin percatarme de que era yo el verdaderamente digno de lastima. Y la razón de que algunas emociones penosas, tales como la cólera, sean esténicas, no es otra que la de ser excitantes de actividad y de trabajo.

Y apenas es necesario recordar que la dirección y regencia de la nutrición general la ejerce el sistema nervioso central por medio de sus prolongaciones eferentes después de haber recibido y transformado las energías que le suministra la fuente inagotable del mundo exterior por sus vías aferentes y en sus propios dinamismos.

Así planteado y entendido el asunto, nada más fácil que darse cuenta exacta del mecanismo patogénico de las emociones esténicas y asténicas. Prescindiendo de los casos en que una enfermedad anterior del corazón, o de los vasos, les priva de la resistencia para soportar el aumento de presión sanguínea que producen las emociones esténicas, y por este aumento de presión se rompen ocasionándose la muerte repentina, se comprende bien que una emoción esténica tan violenta que sobrepase los poderes orgánicos eliminadores de los desechos de una nutrición impulsada por ella al huracán vertiginoso, pueda también matar repentinamente.

En las obras de Féré; Pathologie des Emotions y de Hack Tuke, El cuerpo y el Espíritu, pueden verse multitud de casos prácticos de estas acciones y resultados, análogos a los de la caldera que estalla por exceso de vapor, o a los del horno que se apaga en su propio óxido de carbono por exceso de combustible y defecto de chimenea. Y se comprende de igual modo que una emoción deprimente lo sea tanto, que no se limite a contrariar y retardar los movimientos cerebrales vivos, sino que los anule y transforme en otros movimientos no vivos, y mate también repentinamente. Pero no son estos los casos que más me interesan en este momento; son aquellos en los cuales las emociones suscitan un proceso patológico de mayor duración, en los cuales es posible la intervención patológica.

¿Qué hay en la emoción esténica, excesiva o patógena, compatible con la vida aunque enferma? Por de pronto, un exceso de movimiento vital, que es lo mismo que decir un exceso de movimiento nutritivo del cual ha de resultar una cantidad de materiales de desasimilación para la eliminación de los cuales no bastan todos los emunctorios. Y sabido es que los materiales de desasimilación aunque sean normales, son tóxicos cuando se acumulan en exceso en el medio interno o en la atmósfera de los elementos anatómicos. La consecuencia necesaria es una auto intoxicación, cuya terminación es por lo general favorable, sin otros auxilios terapéuticos que el reposo, y si acaso, algunos medicamentos eliminadores; pero habida cuenta de que los venenos de la desasimilación son irritantes, como todos los venenos en cantidad suficiente, y que a un exceso de función, por ley fisiológica, sigue la fatiga, puede suceder, por excepcional que sea el caso, que se ocasionen lesiones remanentes del orden irritativo, del orden atónico y hasta del orden degenerativo, constituyentes de enfermedad secundaria e independizada de la emoción generadora.

¿Qué hay en la emoción deprimente patógena, todavía compatible con la vida aunque enferma? Hay desde luego una representación, un orden de movimientos cerebrales contrarios al bienestar, a la normalidad y al fomento, bajo tipo normal de la nutrición, como lo demuestran experimentalmente los efectos inmediatos que se obtienen de estas emociones suscitadas en los sujetos de mediana o acentuada emotividad con o sin hipnotismo previo y como lo demuestran las observaciones clínicas de los emocionados. Estos efectos son en todo caso los que dejo consignados, reductibles a un retardo evidente de la actividad nutritiva; pero si este retardo fuera armónico, si se diera por igual y en equivalencia perfecta en todas las funciones, desde la digestiva a la hematopoyética, desde la hematopoyética a la neurotrófica, y desde la neurotrófica a la eliminadora, podría producir una hipotrofia general, un envejecimiento prematuro, si acaso, y nada más. Por desgracia, nada más extraño a la armonía que semejantes retardos; la dificultad de la digestión se traduce por digestiones imperfectas formadoras de quilos anormales y tóxicos; el defecto de actividad circulatoria, además de restar elementos a la asimilación, trastorna la nutrición y la hace dar productos de desasimilación anormales, cuya permanencia en la esfera de acción sobre los elementos anatómicos prolonga, favoreciendo sus acciones siempre tóxicas; el retardo de los movimientos respiratorios y su superficialidad, acaban por ocasionar autointoxicaciones carbónicas y ptomainicas y leucomainicas….. Por varios mecanismos, autointoxicaciones complejísimas y variadas según las diferentes disposiciones individuales.

Que este es el mecanismo de acción patógena de las emociones, y que esta es la naturaleza de las enfermedades emocionales, lo acredita, ademas de la experimentación patogenética y de la observación clínica, los análisis de la sangre y de la orina, o mejor dicho, la indagación del coeficiente hemotóxico y urotóxico de los sujetos emocionados. Yo he hecho durante años estas indagaciones, y sus resultados, principalmente por lo que se refiere a la sangre, han sido siempre un aumento de la toxicidad del suero sanguíneo, variable desde el doble al cuádruple y aun al quíntuple.

Las orinas claras y de aspecto acuoso que en abundancia eliminan los sujetos que acaban de pasar por un gran susto o por un miedo emocionante, son siempre más tóxicas que las orinas normales y aun que las procedentes de sujetos fatigados.

III

Después de lo dicho, ¿tiene algo de extraño, ni menos de incomprensible, la variedad de efectos patológicos suscitados por las emociones y hasta por una misma emoción? De una misma ciudad sitiada resultan varios sujetos diabéticos, resultan otros pocos azotúricos, muchos cloroanémicos, no pocos dermatósicos, bastantes histéricos y epilépticos, un número de Parkinsonianos, de coréicos, de temblorosos, de ticcómanos y de locos, muy superior â los que da la población en circunstancias ordinarias. De una misma catástrofe de ferrocarril y con complota independencia de los traumatismos propiamente dichos, resulta la misma variedad de efectos emocionales patológicos. En ambos casos, los motivos de emoción parecen idénticos para todos, y salvo diferencias de intensidad, evidentemente lo son; mas si los efectos de la emoción han sido tan distintos, no cabe duda de que las emociones causales han sido distintas.

Es que las emociones no son en ningún caso el resultado directo de los motivos externos emocionantes, sino la resultante del conflicto entre las representaciones o movimientos representativos de estos motivos y los movimientos representativos preexistentes de nuestro bien o de nuestro mal orgánico; y como estos últimos varían en cada sujeto nada tiene de extraño que varíen las emociones y sus efectos patológicos, sino antes al contrario, la variación aparece como necesaria. Quien ante el fuego de los sitiadores tiembla y se anonada, y palidece y se consume, y quien se encoleriza y enrojece de furor y hasta llega a la manía más violenta, quien en el descarrilamiento se queda mudo de espanto o paralizado por el terror pánico, quien entra en convulsiones; quien con bastante fe en otra vida mejor y preparado siempre para morir, se afecta poco o nada ante el peligro. Fue seguramente para las acciones de los motivos emocionantes, para las que se escribió el célebre aforismo: quidquid recipitur ad modus recipientis recipitur.(lo que se recibe, es recibido según el modo de ser de aquel que recibe)

Para el piloto experimentado, cierta pequeña nube negra en el horizonte, por lo demás bañado por el sol, es un motivo serio de preocupación y de determinaciones rápidas, porque sabe que aquella nube trae la tempestad; en cambio el pasajero que lo ignora, permanece tranquilo hasta que estalla el primer trueno, El asceta busca a Dios en la soledad y por la penitencia; otros no menos creyentes lo buscan entre los torbellinos del mundo por medio del trabajo; y otros no le buscan do ninguna manera. Para quienes el objeto y el fin de la vida es la gloria aquistada con el entendimiento, el trabajo y la virtud; para quienes el solo objeto y el fin de la vida es el atesorar dineros, por el solo placer de atesorarlos, o por el placer de dominación que los dineros procuran. El piloto, sobre to lo si lleva a bordo a su mujer y a sus hijos, puede enfermar de emoción a la vista de la nube que nada significa para el pasajero y calmarse al primer trueno si le acompaña la lluvia; en cambio el pasajero puede enfermar de miedo al primer trueno, aunque llueva a torrentes. La sola preocupación, posiblemente patógena, del asceta, serán las tentaciones de la carne; la preocupación del trabajador, sera que el trabajo falte. Las críticas mortificantes, pueden ser patógenas para el hombre del arte, que no se impresionará gran cosa por pérdidas de dineros; en cambio al hombre de negocios le tendrán sin cuidado las críticas como sus arcas estén repletas, y las pérdidas de dinero lo harán diabético, o le volverán loco, o cuando menos le harán neurasténico.

Luego, aparte de estas causas de diferenciación patogenética de los efectos de las emociones, de la especificación de las enfermedades emocionales por los diversos estados previos de los dinamismos cerebrales, provenientes de la educación, de la instrucción o del medio psíquico, hay otras causas de diferenciación y especificación, en la disposición hereditaria del sistema nervioso, en la edad de los sujetos emocionados, en la naturaleza y la intensidad de la emoción, y en las idiosincrasias hereditarias o adquiridas, que explicamos en clínica, a falta de mejor conocimiento, por la acción del locus minoris resistentiae (localización del órgano de menor resistencia). No creo necesario citar ejemplos de estas diferenciaciones, que seguramente han de quedar aceptadas a su sola enunciación.

IV

Es un hecho de diaria observación que las enfermedades do origen emocional pueden persistir, y de ordinario persisten, después de desaparecer los motivos emocionantes y la emoción misma. Semejante fenómeno no tiene más que dos explicaciones posibles: o la emoción por medio de su mecanismo autotóxico que dejo demostrado, produjo lesiones que se independizaron de la causa productora, como se independiza una cardiopatía del reumatismo que la produce, y estas lesiones sostienen y fomentan el proceso, persiste la autointoxicación por persistencia del trastorno nutritivo que la genera.

La primera hipótesis es defendible en muchos casos, como por ejemplo los de las mismas cardiopatías de origen emocional, que también las hay y más frecuentes de lo que enseñan los Tratados de estas enfermedades, y aquellos otros en que la emoción es tan violenta que actúa a la manera de los grandes traumatismos y puede inutilizar definitiva o temporalmente una región cerebral o un orden do elementos anatómicos del cerebro. Pero es la segunda hipótesis la que deja de serlo y se convierte en hecho demostrado, en la inmensa mayoría de los casos, y a esta demostración basta la unidad procesal, las remitencias y aun intermitencias sindrómicas, que solo por eliminaciones y acúmulos de toxinas específicas pueden explicarse y, en último término, los análisis y los coeficientes tóxicos de las secreciones y de la sangre. Y si repugnara un poco la persistencia del trastorno nutritivo y de la toxina especifica, cuando ha desaparecido la emoción que produjo el primero, no hay más que recordar la antigua ley del hábito, que es la ley de los automatismos reflejos y que, lanzada la nutrición a un modo anormal, puede establecerse y se establece con lamentable frecuencia, el circulo vicioso de su existencia hasta la muerte por las acciones perturbadoras de los productos de desasimilación anormales para los cuales muchas veces no hay emunctorios fisiológicos adecuados, aparte de que estos venenos pueden pertenecer a esas dinámidas tan mal conocidas todavía, pero reproductibles, que llamamos mal llamadas fermentos amorfos y que están rasgando el velo que nos ocultaba la vida de lo inorgánico.

No puedo hacer más que indicar esta cuestión, ya realmente fuera del objeto de la presente comunicación, y he de limitarme, para continuar dentro del mismo, a aquellos otros casos no menos evidentes en que la emoción persiste a través de todo el proceso que ocasionara, en que los motivos exteriores emocionantes o la memoria y la imaginación, mantienen y aún agigantan la emoción y sus dinamismos patógenos. Y si la enfermedad emocional puede mantenerse aun después de pasada la emoción, por los apuntados mecanismos, no puede dudarse de que la persistencia de la emoción, lleva al pronóstico tantas sombras, que, una de dos, o la emoción se destruye o la incurabilidad se apodera de la situación. ¿Y como destruir o transformar un estado emocional patógeno, devolviendo al organismo la eficacia de todas sus naturales defensas, y aun ayudándole a eliminar las toxinas remanentes, y, lo que es mejor, creando en él estados emocionales contrarios, productores de verdaderas antitoxinas? La contestación a esta pregunta me lleva a la segunda parte de este trabajo: a la Terapéutica psíquica.

V

Siendo la emoción patógena un movimiento representativo de tendencia antivital resultante del conflicto entre el movimiento representativo de los motivos emocionantes, y el movimiento representativo de nuestro bien o de nuestro mal orgánicos, no habrá mas que un medio en definitiva, de abolirlo o de transformarlo, y este medio tiene que ser la provocación de representaciones o de movimientos opuestos. Trabajo de interpretación el trabajo emotivo, para revertirlo en trabajo saludable, no hay ni puede haber otro procedimiento eficaz, que crear motivos de interpretación, no solo distinta sino opuesta. Y dependiendo la interpretación patógena de la significación real o imaginaria de los motivos emocionantes y de las creencias del sujeto, o hay que suprimir los motivos emocionantes, o que cambiarles su significación en la mente del sujeto, o que cambiar las creencias de éste, o que actuar de las tres maneras al mismo tiempo o de dos de ellas.

Ahora bien: aun separados los motivos emocionantes exteriores, la emoción puede persistir, porque la representación de los mismos permanece en la memoria, y puede seguir actuando. De donde resulta que las representaciones patógenas, solo pueden contrariarse y destruirse por medio de otras representaciones saludables; lo cual quiere decir una cosa que sabe todo el mundo, y es que las ideas solo se combaten con ideas. Podremos por otros medios físicos o químicos aumentar o disminuir la función cerebral; pero ningún medio físico ni químico, que no sea expresión y transmisor de una idea, podrá crearla en el cerebro influido.

Y esta es la Psicoterapia en su sentido estricto: La ciencia de las indicaciones mentales o de modificación mental, y el arte de crear representaciones mentales o ideas curativas en el sujeto enfermo. Que no sirve solamente para curar las enfermedades emocionales, sino también para curar o ayudar a curar las que dependan, en mas o en menos, de dinamismos representativos anormales. Y en menos o en más dependen todas. Física al cabo, sí, pero Física de un orden superior a la Física de los laboratorios, cuyos laboratorios hasta hoy, son los laboratorios humanos vivientes, y los cerebros humanos los únicos generadores y receptores de sus ondulaciones y de sus energías.

VI

Y hasta sí, abusivamente, se quiere limitar la eficacia de las acciones psicoterápicas al elemento etiológico emocional, tendremos que declararlas útiles y aún indispensables en todas las enfermedades, en que el sujeto conserve condiciones receptoras de las ideas curativas, única limitación de sus indicaciones.

Salvando esta limitación forzosa, después de todo excepcional, todo enfermo es un emotivo, y todo enfermo esta bajo la acción de motivos emocionantes reales. Porque la emotividad tiene por condición esencial la debilidad vital; hasta tal punto, todo en la vida es nutrición; la enfermedad misma, principalmente mientras su pronóstico es incierto, es el motivo de emoción deprimente más justificado que puede darse.

Àgréguense a él los ordinarios de esta vida de pesadumbres, y dígase si podrá nadie ser médico de enfermos, sin emplear a diario la psicoterapia. Por supuesto, que desde antes de Hipócrates, hasta hoy y hasta la consumación de los siglos, la han empleado, la empleamos y la emplearán, no solo los médicos, sino todas las personas de sentido común y de buena voluntad que se comuniquen con un enfermo, y de manera consciente o instintiva. Lo que es menester es que se emplee sabiamente siempre y con todas sus intensidades, para obtener los semimilagros de que es capaz.

VII

La terapéutica psíquica, pese a todas las apariencias de simplicidad, es la más complicada y difícil de las terapéuticas. Se resume en el cambio favorable del ambiente psíquico, y en la sugestión; pero hay muchas más maneras de sugestionar, constituyendo estas últimas nada menos que un arte especialísimo, que no consiste en el conjunto de reglas para hacer bien las sugestiones, sino en el conjunto de reglas para hacérselas aceptar al enfermo. El arte de sugerir es, en realidad, el arte de convencer.

VIII

La modificación favorable del ambiente psíquico, reclama: oun cambio favorable de fortuna, que es asunto fuera de la intervención del médico, o un cambio de residencia de las personas que rodean al enfermo, o un cambio de residencia de éste únicamente. Y en estas determinaciones tampoco el médico puede intervenir más que con el consejo. Ocasiones hay, sin embargo, y muchas, en que el médico se ve obligado a hacer cuestión fundamental del tratamiento el cambio del medio psíquico, por ser éste la causa principal del padecimiento, o por ser tan emocionante y patógeno, que todo esfuerzo terapéutico, permaneciendo en él el enfermo, ha de resultar inútil. En tales casos se recurre al aislamiento del paciente en un establecimiento adecuado a la naturaleza de su mal, o en una vivienda separada de la de su familia, asistido siempre por personas extrañas a ella o por personas cuya compañía no ejerza ninguna clase de influencia desfavorable en la mente del enfermo. Lo más expedito en todos estos casos será su traslación a un Nosocomio.

En estos últimos tiempos se ha discutido y discute más que en otros, la conveniencia de la reclusión nosocomial, y la mayor parte de los que, no teniendo Nosocomio propio, la aceptan, la aceptan más como medio de evitar las agresiones de los locos contra si mismos o contra las personas que los rodeen, como medio de evitar las consecuencias do sus instintos de destrucción, o de evitar escándalos o perjuicios de otra clase, que como medio terapéutico propiamente dicho. Los Nosocomios, excepción hecha de los establecidos para tuberculosos, donde no se busca precisamente el aislamiento, sino otros medios especiales de tratamiento, se miran por consiguiente más como asilos que como establecimientos de curación. Y respecto a los Manicomios, los frailes, que explotan la mayor parte do los de nuestro país, profesan abiertamente y abiertamente difunden esa idea absurda y perjudicial, consecuencia natural de que los frailes, con sus fines particulares, que no son precisamente los terapéuticos, se meten en industrias para ellos ilegitimas, con el consentimiento de la ignorancia del pueblo soberano, fuente y raíz de todas las ilegitimidades.

Al aislamiento nosocomial, lo ha de regir una indicación terapéutica, como a todos los recursos de este orden; pero con esta indicación bien establecida, es acaso el remedio más importante de las enfermedades exclusivamente emocionales; no solamente por lo que cambia el ambiente psíquico, sino por la sugestión permanente y curativa que realiza, con los casos de curación que los enfermos presencian, y porque dentro de él, son posibles otros medios de tratamiento do empleo difícil o imposible en los domicilios de los enfermos. Con aislamiento o sin él, al médico le queda siempre, contra las enfermedades emocionales, el recurso poderoso do la sugestión, entendida como la doy a entender en el presente trabajo; porque la mejor sugestión es la que no lo parece.

IX

Durante el hipnotismo, la sugestión actúa con una seguridad y una intensidad mayores que en el estado de vigilia; pero la provocación del hipnotismo, ni siempre es posible, ni siendo posible, es siempre provechosa. En último análisis, el hipnotismo es un estado monoideico del cerebro dominado por el movimiento representativo de una sola idea, la de dormir: y en el cual estado, paréticos los movimientos representativos de las demás, toda idea sugerida encuentra el campo sin movimientos contrarios, es decir, sin obstáculos para arraigar y para constituir juicios y voliciones definitivos, conscientes e inconscientes en cuanto a su origen, y con acciones muchas veces decisivas sobre la nutrición.

Mas la provocación del hipnotismo reclama, como condición esencial, un estado del cerebro que se conoce con el nombre de atención expectante, y que anatómicamente responde a una especie de equilibrio inestable de los movimientos representativos en el mismo; y cuando el cerebro esta ya en un estado monoideico intenso, o sea bajo la acción de una idea fija y absorbente, es muy difícil, o imposible del todo, provocar el hipnotismo. Y desgraciadamente este es el caso de la mayor parte de los emocionados.

De otra parte, el hipnotismo puede encontrar, y con frecuencia encuentra en nuestro país medio fanatizado, representaciones cerebrales contrarias y tan intensas que lo hacen también imposible. Y de otra, por último, hay cerebros tan débiles y tan propensos al monoideismo transformable en idea fija de carácter vesánico, que en ellos está perfectamente contraindicado, porque con facilidad determina una hipnomanía. Con la misma facilidad que en los mismos sujetos una inyección de morfina determina la morfinomanía. De todas las prácticas terapéuticas, son acaso las prácticas hipnóticas las que exigen un conocimiento mas exacto y más profundo del enfermo; mientras que la sugestión vigil, podrá encontrar obstáculos insuperables a sus acciones curativas; pero no encuentra jamás verdaderas contraindicaciones.

CONCLUSIONES

Primera : La etiología emocional o psíquica está demostrada en muchas enfermedades, de las cuales puedo citar, con el consentimiento de todos los patólogos, la vejez prematura, la diabetes sacarina, algunas diabetes insípidas, la clorosis, el bocio exoftálmico, la púrpura hemorrágica, algunas dermatosis, la histeria, la epilepsia, la enfermedad de Parkinson, algunas formas de corea, diversas locuras, etc.

Segunda : La emoción patógena actúa por medio del sistema nervioso vaso-motor y trófico perturbando la nutrición y produciendo una autointoxicación que es la causa inmediata de las lesiones sucesivas.

Tercera : La diferenciación de las enfermedades emocionales, su especificación, resulta del modo según el cual cada ser humano recibe las impresiones según la posposición hereditaria de su sistema nervioso, de la naturaleza y de la intensidad de la acción de la emoción, y del locus minoris resistentiae.

Cuarta : Las enfermedades de origen emocional pueden persistir después de la supresión de esta causa mediata, porque la causa inmediata, es decir, la toxina específica proveniente de la perturbación nutritiva, es un veneno que se reproduce en el organismo, o bien a causa de la ley de la costumbre, también por su propia acción irritante, que actúa, quizás, como los fermentos amorfos. Pero la persistencia de la emoción patógena agrava siempre el pronóstico del mal.

Quinta : Esta persistencia posible, y muy frecuente, implica la necesidad de una terapia psíquica, porque las emociones no se curan con drogas ni por medio de ningún otro elemento físico o químico.

Sexta: El elemento etiológico emocional está presente y actúa durante el transcurso de prácticamente todas las enfermedades, aun cuando no constituya la causa mediata de éstas. En efecto, de una manera general, toda enfermedad por sí misma aumenta la emocionabilidad; el porvenir del enfermo es un motivo de emoción, mientras sea incierto, y esta emoción patógena sigue estando presente. En consecuencia, la terapia psíquica debe aplicarse en casi todas las enfermedades.

Séptima: La terapia psíquica se resume en dos procedimientos: la transformación favorable del entorno psíquico y la sugestión.

Octava: La modificación favorable del entorno psíquico no se encuentra casi nunca al alcance de la influencia del médico, por lo que éste se verá limitado en su acción a aconsejar tal modificación, sin embargo, siempre podrá utilizar la sugestión. La mejor sugestión es aquella que no parece serlo.

Novena: El hipnotismo refuerza la sugestión, pero, por diversas razones, no siempre es aplicable, incluso frecuentemente es contraindicado.

DISCUSIÓN

Sr. HENRY MEIGE (de París): Todo el mundo estará seguramente de acuerdo con el eminente ponente en reconocer el papel etiológico fundamental de la emoción en un gran número de enfermedades. Los ejemplos de ello son tan numerosos como demostrativos, por lo que sería superfluo insistir en este aspecto. Pero quizás no todo el mundo comparta completamente la opinión patogénica formulada en las conclusiones, a saber: « La emoción patógena actúa por medio del sistema nervioso vasomotor y trófico perturbando la nutrición y produciendo una autointoxicación que es la causa inmediata de las lesiones sucesivas. » No quiero discutir aquí la cuestión de saber cuál de los dos fenómenos, el psíquico o el físico, es anterior en el síndrome emocional. Los partidarios de la primera y de la segunda hipótesis son tan numerosos como ardorosos a la hora de hacer valer, en apoyo de sus ideas, argumentos de un peso similar. El punto con respecto al cual yo quisiera expresar algunas reservas es el rol de la autointoxicación en la producción de las lesiones ¿Es realmente indispensable suponer la intervención de algún veneno para explicar los accidentes producto de la emoción? Sin hablar siquiera de las neurosis o de las psicosis, en las que fácilmente puede ponerse en duda la acción de una autotoxina, en numerosas afecciones, para las que el ponente reconoce, con razón, la posibilidad de una etiología emocional, no pienso que una autointoxicación sea necesaria para explicar los accidentes que se producen.

Tomemos, por ejemplo, la glucosuria. Sabemos hoy pertinazmente que ésta puede tener un origen puramente nervioso; una causa psíquica puede bastar para provocarla. ¿Es necesario absolutamente invocar la acción de un veneno sobre los centros bulbarios? ¿Estos mismos centros no pueden acaso encontrarse excesivamente estimulados, ya sea por los fenómenos de hiperactividad circulatoria, ya por el exceso de impulsos nerviosos, resultante, bajo la influencia de un golpe emocional, de la insuficiencia de las intervenciones corticales encargadas de asegurar el funcionamiento regular de los centros bulbarios y su irrigación? ¿Y, en el caso de la púrpura hemorrágica? ¿No se puede admitir que una excitación anormal de los centros vaso-motores produzca un espasmo seguido de una parálisis vaso-motora, ambas cosas suficientes para permitir el afloramiento de la sangre en ciertas zonas cutáneas, sin que sea por ello necesario invocar la presencia de un veneno activo en el bulbo o en las terminaciones nerviosas de los vasos sanguíneos? Podríamos multiplicar los ejemplos. Por consiguiente creo que es necesario concluir con mayor reserva y decir que sí, por supuesto, los venenos exógenos o endógenos son capaces de producir este tipo de accidentes, estos mismos accidentes son perfectamente explicables sin la ayuda de los venenos, y esto en numerosos casos.

Además, si se quiere hacer intervenir las leyes de la costumbre para explicar la persistencia de los accidentes consecutivos a la emoción patógena, yo diría que no es necesario, para explicar una costumbre mórbida, invocar las toxinas o los fermentos, sino que los centros nerviosos son por excelencia aptos a adquirir costumbres, costumbres nefastas tanto como costumbres útiles, independientemente de todo tipo de intoxicación. Hechas estas reservas, estoy completamente de acuerdo con el distinguido ponente cuando habla de la necesidad de una terapia psíquica, cualquiera sea la enfermedad que se ha de curar; es imposible olvidar que una enfermedad es la dolencia de un paciente, que el mal físico produce siempre reacciones psíquicas y recíprocamente; en fin, siguiendo un antiguo y sabio precepto, el médico debe curar con los mismos cuidados el cuerpo y el espíritu. Una terapéutica psíquica no solamente es necesaria sino indispensable.

Ella comportaría dos procedimientos: « Una modificación favorable del entorno psíquico y la sugestión ». Creo que estos dos procedimientos tienden a fusionarse íntimamente el uno con el otro pues como lo ha dicho el ponente, « para lograr un cambio favorable en el entono psíquico, el médico debe limitar su acción a dar algunos consejos. ¿No son estos consejos en sí mismos una forma de sugestión? No quisiera reavivar antiguas disputas a propósito de la significación de la palabra « sugestión », pero creo que la fórmula expresada en la conclusión es absolutamente verdadera: « la mejor sugestión es aquella que no lo parece ». En efecto, la mejor terapia psíquica es aquella que no se contenta solo con palabras. No basta con prescribir; se debe obtener de los enfermos que su propia voluntad y razón los conduzcan a atenerse a las buenas prescripciones. El paciente no solo debe aplicar lo que para su mayor provecho le es prescrito, también debe querer aplicarlo.

En resumen, el papel del médico, cuando practica la terapia psíquica, no es diferente del de un educador. Enseña lo que sus estudios y su experiencia le han permitido aprender. Debe lograr que su alumno haga suyas las nociones que le son enseñadas. La mejor terapia psíquica es pues aquella cuyas indicaciones y relevancia son óptimamente comprendidas por el enfermo. El mejor psicoterapeuta es aquel que sabe darse a entender perfectamente. La claridad, la firmeza, la paciencia y algo de habilidad son sus principales recursos. No hay que dejar nunca de utilizarlos.

Mr. SEELIGMULLER (Halle): Si no me equivoco, el señor orador ha hablado del “alma pecadora” como causa de emociones que producen las enfermedades psíquicas. En cuanto mi experiencia yo no niego las causas exteriores, pero creo que la causa principal del incremento de las enfermedades psíquicas es la Indiferencia religiosa de nuestro siglo. Un catedrático muy renombrado de mi país, la Alemania, Dr. Wernionne de Breslau, ha escrito: La causa principal de las psicosis es la perplejidad, el apuro (“die Ratlosigkeit”) de los enfermos. ¡Es verdad! Si examinamos las enfermedades psíquicas hasta su fuente original, hallaremos la cuestión que atormenta a los enfermos. ¿Qué hacer? Esa cuestión tan importante para el origen de las psicosis puede ser contestada de una manera que satisface en todos los puntos por la religión cristiana, porque esa sola da la posibilidad de reprimir las emociones nacientes en el hombre natural en todos los apuros y miserias de la vida. La fe cristiana no es una sugestión ni una doctrina solamente moral, mas la certeza interior, que da la paz y el reposo necesario para combatir las emociones con un resultado infalible. En el catolicismo no lo sé yo, pero sostengo, que la fe de los protestantes es un castillo fuerte contra todas las emociones nacientes en el alma y contra las enfermedades psíquicas.

Mr. PIERRE PREGOSWSKI (Cracovia): Mis observaciones las constituirán algunos comentarios complementarios a la exposición del anterior ponente. Las investigaciones sobre la así llamada neurastenia periódica , de la que les informaré en una de mis próximas sesiones, arrojan también luz sobre la terapia psiquiátrica y la etiología de la enfermedad.

1º – En estas investigaciones se pone de manifiesto la importancia de la piel como órgano de eliminación. Hasta el día de hoy no se ha tenido suficientemente en cuenta desde el punto de vista médico-clínico el hecho comprobado a través de la fisiología, así como a través de investigaciones farmacológicas, de considerar la piel como un órgano de eliminación semejante a los riñones. Este hecho encierra la posibilidad en sí mismo de favorecer un adelanto en cuanto a la terapia en general. Dado que, precisamente a través de la piel, el organismo puede perder diferentes agentes que se encuentran en la sangre, a partir de este hecho se concluye lógicamente que –allá donde se encuentre la enfermedad causada por los agentes en sangre, incluidas las alteraciones psíquicas aludidas- cabe esperar el incremento de la actividad de eliminación en la piel. La experiencia y observación constatan lo mismo en todo su alcance.

2º- Las citadas investigaciones sobre la llamada neurastenia periódica dejan constancia, tal como Vds. escucharán, de que en lo relativo a esta enfermedad nos ocupamos del espasmo de los vasos sanguíneos de la piel como punto de partida para todas las demás alteraciones. Este espasmo de los vasos cutáneos tiene como consecuencia inmediata principalmente la disminución de la secreción de la piel; en ese momento (es decir, cuando aparecen los autointoxicantes a través de esta secreción) suscribo, por razones que no voy a mencionar aquí, la generación ante todo de alteraciones psíquicas, que aparecen –por una parte- en la enfermedad mencionada y –por otra- en su fundamento. El hecho de que la esencia de la así llamada neurastenia periódica se ubica en la aparición de circunstancias espasmódicas en los vasos cutáneos, nos da como resultado la terapia racional de toda la enfermedad, es decir, la eliminación de las alteraciones vasomotoras. Afirmar que la autointoxicación generada en este proceso causa alteraciones físicas a través de los productos que el metabolismo elimina del organismo en suficiente cantidad, lleva a poner el énfasis en la cura de sudor como tratamiento de estas alteraciones físicas.

Estas dos indicaciones terapéuticas están avaladas por mis no obstante cortas experiencias, en cuyos detalles no voy a entrar por falta de tiempo. Les ruego su apoyo, distinguidos caballeros, en sucesivas investigaciones y experiencias relativas a estas cuestiones.

Dr. RICARDO DIAZ DELGADO (Madrid): Dos palabras me permito decir sobre una de las múltiples enfermedades producidas, según el Dr. Sanchez Herrero por la emoción. Me refiero a la verdadera parálisis general progresiva, que siempre se ha juzgado como producida por la sífilis, según la mayoría de los observadores, y quizás también por el alcohol y tristísimas causas, que determinan las lesiones características de esta incurable enfermedad, pero nunca por causas exclusivamente psíquicas.

Dr. EMILIO LOZA (Madrid): Para juzgar del valor de las emociones y de la predisposición en la génesis de las perturbaciones mentales, hay que acudir a los principios fundamentales de toda etiología, establecidas de modo inconmovible por el gran Letamendi.

En las enfermedades somáticas y en circunstancias ordinarias, ni las causas mas genuinamente específicas (bacterias patógenas), producen alteración morbosa como no hallen terreno apropiado (debilitación de las defensas, predisposición). Solo en casos extraordinarios cuando obran en cantidad o con energía considerable (envenenamientos, inyecciones masivas de líquidos infectos), es cuando disminuye la importancia de la predisposición: mas ésta por sí sola jamás producirá enfermedad alguna. Lo mismo ocurre en las psicopatías, como enfermedades que son. Los agentes psíquicos, las causas emocionantes no producirán perturbación si no encuentran cierto grado de debilidad cerebral, de predisposición psicopática, en una palabra. Solo en casos análogos a los dichos, la predisposición jugará papel insignificante, pero nunca la predisposición, ya hereditaria, ya adquirida, bastara para que estalle la locura, siempre sera indispensable el influjo externo. Así, pues, la emoción, que ya es fenómeno patológico, no sobrevendrá. si no hay emotividad y agente emotivo, y variará en su carácter e intensidad al compás de las modificaciones que experimenten los dos factores que la engendran.

Dr. MIGUEL BOMBARDA (Lisboa): No tiene porqué ponerse en duda la gran influencia del ánimo en el cuerpo, y la teoría de Lange y James aporta una magnífica interpretación de ello, basada entre otras cosas en la acción de los nervios sobre el metabolismo de los elementos anatómicos. Pero para poder concluir a una influencia tan grande como en el caso de considerar que una parálisis generalizada pueda tener su origen en las emociones, es necesaria una observación muy acuciosa, hasta en los más mínimos detalles, para que tal conclusión se imponga. Un hecho de esta naturaleza nunca se ha presentado. La parálisis generalizada -todo lo hace ver en este momento- no es otra cosa que la sífilis.

Drs. OTS Y ESQUERDO (Madrid): Manifiesta no estar de acuerdo con los dos extremos comprendidos en la ponencia del Dr. Sánchez Herrero. La clínica psiquiátrica demuestra que la mayoría, por no decir la totalidad de las psicopatías, se desenvuelven sobre una organización cerebral inválida, factor etiológico preponderante y principalísimo, a la cual hay que culpar de hecho la mayoría de los afectos mentales. La emoción queda entonces convertida en una causa secundaria sin otra intervención que la de evidenciar la oportunidad psíquica, innata o adquirida. Y por lo que a mi práctica profesional afecta, puedo afirmar que una de las causas determinantes que menos intervienen en la producción de las psicopatías, es la emocional. En cuanto a la eficacia de la terapéutica psíquica, la considero por sí sola deficiente e insuficiente. Si por tal se entiende la medicación moral, ya practicada por la escuela de Alejandría con sus paseos por el Nilo y demás recreos, desde luego muestro mi adhesión a esta afirmación, con tal que vaya unida a la medicación farmacológica, higiénica, hidroterápica, pues no otra cosa se hace en la actualidad por todos los mentalistas; pero si sola es suficiente a la curación de la mayoría de las frenopatías, no puedo por menos que disentir de este modo de pensar, en virtud de las enseñanzas que hasta el presente me ha proporcionado la medicina mental.

CONTESTACIÓN

Dr. SANCHEZ HERRERO (Madrid): Es para mi motivo de verdadera satisfacción el que las conclusiones esenciales de mi comunicación coincidan con las opiniones de un congresista como el doctor Meige cuando afirma la importancia de la emoción en la etiología mórbida y la necesidad de la terapia psíquica. El único punto en el cual parecemos estar en desacuerdo es aquel relativo al mecanismo patogenético de la emoción. Yo sostengo que la autointoxicación es la fuente de todo estado emocional patógeno, mientras que mi ilustre contradictor piensa que la autointoxicación no es indispensable en la constitución del estado patológico de origen emocional.

En mi opinión, el desacuerdo reside en la manera de plantear este asunto. Para el doctor Meige no tiene sentido discutir aquí sobre la prioridad del fenómeno psíquico respecto del fenómeno físico en la emoción, ni sobre la hipótesis inversa, por estar convencido de que los partidarios de las dos hipótesis se basan en argumentos cuyos valores tienen el mismo peso. Su oposición a la doctrina afirmada en una de las comunicaciones proviene del hecho de considerar como legítimas o, al menos, como excusables unas hipótesis que yo tengo por absurdas.

En la emoción no existe ningún fenómeno psíquico, sino un único fenómeno psico-físico, o, para decirlo de mejor manera, un fenómeno orgánico que depende y proviene de la nutrición de la misma manera que los otros fenómenos orgánicos. La emoción es patógena o no lo es. Pero, en el primer caso, ésta no puede ser patógena mas que creando un modo de nutrición patológica basada en productos siempre tóxicos, únicos causantes de las lesiones iniciales y subsecuentes. Estimo que pensar de manera diferente equivaldría a volver a los tiempos de las enfermedades sine materia y al inconcebible absurdo de las enfermedades sin lesiones; absurdo engendrado por una suerte de vanidad que no ha querido ver las lesiones que están más allá del alcance del microscopio y del reactivo cuyo poder amplificador y virtud reactiva cambian y progresan paralelamente a los avances psico-químicos. Es un terreno en el que resulta inútil discutir. Pero espero que mi eminente colega, después de haber reflexionado a fondo, terminará estando de acuerdo conmigo en este hecho fundamental: que todo estado patológico es el producto de una excitación anormal llamada comúnmente irritación, y que en toda irritación debe existir un órgano irritado y un agente irritante, el clavo metafórico de Hunter, que éste reconoció en su momento como racionalmente necesario. Y este clavo, que no contiene veneno exógeno, aun cuando contuviera debe ser considerado como portador de veneno endógeno. De tal manera que se puede sostener esta proposición absoluta, que expresa una verdad de igual naturaleza, a saber que toda enfermedad es en última instancia una autointoxicación.

Meige no quiere hablar de las neurosis ni de las psicosis, a propósito de las cuales, dice, se puede poner fácilmente en duda la acción de una toxina; es un error, y si hubiera hablado de éllas me habría brindado la ocasión de recordarle cuáles son los coeficientes urotóxicos y hemotóxicos de muchas neurosis y de otras numerosas psicopatías, lo que le habría convencido de la naturaleza autotóxica de estas enfermedades. ¿Sería capaz de no atribuir una naturaleza de este orden a la epilepsia? No lo creo, es demasiado sabio para afirmar esto. Pasemos ahora a los ejemplos de la glucosuria y de la púrpura hemorrágica. Supongo que cuando Meige habla de la glucosuria, no es para atenerse al síntoma sino que se refiere a la verdadera diabetes sacarina. Sin embargo, lo que diré puede aplicarse tanto al síntoma como a la enfermedad misma. « Hoy en día sabemos perfectamente que la glucosuria puede tener un origen puramente nervioso. Una causa psíquica puede bastar para provocarla. ¿Es imprescindible, para explicarla, hacer intervenir un veneno a nivel de los centros bulbarios? ¿Acaso estos centros no pueden ser estimulados en mayor medida ya por fenómenos de hiperactividad circulatoria, ya por un exceso de impulsos nerviosos, dado que, bajo la influencia de un golpe emocional se produce una insuficiencia de las intervenciones corticales encargadas de controlar el funcionamiento regular de los centros bulbarios y la correcta irrigación de éstos?

En primer lugar, cuando se provoca y determina la glucosuria a través de una inyección en la base del cuarto ventrículo, lo que debuta es la alteración de la nutrición de este centro haciendo que se envenene con sus propias excreciones anormales; y este envenenamiento es el único fundamento anatómico de su anormal funcionamiento. Además, el dinamismo anormal que se inicia en el bulbo alterará el dinamismo glicogénico, es decir, la química glicogénica, a través de uno, varios o todos los mecanismos posibles: por el veneno engendrado en el bulbo, por la acción nerviosa trófica anormal proveniente de la anormalidad nutritiva del bulbo, por la acción vaso-motora anormal de similar origen, por la generación de otro veneno en los órganos glicogénicos cuya nutrición se ha visto alterada y que provoca una glucogénesis excesiva de un glicógeno anormal, susceptible de transformarse en glucosa en mayor grado que el glicógeno normal, o bien suscitando la aparición de un veneno en los órganos glicolíticos que impide su funcionamiento y ocasiona la hiperglucemia.

En segundo lugar, si las acciones de una hiperactividad circulatoria, de un exceso de impulsos nerviosos, de una falta de freno cortical, producidas por un golpe emocional o por otra causa, perturban las funciones del bulbo, ellas deben necesariamente hacerlo perturbando su nutrición. Y estando muy lejos de aceptar que la perturbación de las funciones del bulbo sea la única causa de la glucosuria, afirmamos que el mismo razonamiento puede aplicarse a todas estas causas de perturbación. Mi ilustre contradictor podrá decirme que, hasta hoy, no ha visto nunca el veneno glicogénico, aunque esté obligado de admitir la existencia de los venenos provenientes de las alteraciones nutritivas del bulbo, de los órganos glicogénicos y de los órganos glicolíticos. Pasemos ahora al veneno glicogénico o más bien diabetógeno.

La acción traumática de la inyección del cuarto ventrículo, la hiperactividad circulatoria del bulbo, el exceso de impulso nervioso sobre éste, la falta de freno cortical ocasionada por la emoción, u otra causa, son acciones que pasan, se transforman, se desvanecen. Sin embargo la glucosuria, la diabetes, persiste. ¿Por qué persiste? ¿Se trata de un efecto sin causa? ¿Invocaremos, para explicar esta persistencia, la costumbre mórbida? Me ocuparé más adelante de esta expresión, que traduce correctamente un hecho pero que carece de un significado científico. La persistencia de la diabetes no puede explicarse más que por la generación de un veneno diabetógeno reproductible, causa y efecto a la vez de la principal perturbación nutritiva de este mal; y en esta generación los elementos anatómicos juegan el papel de substancias fermentescibles o de microbios toxiníferos. Todas las glucosurias experimentales, incluso aquella que es provocada por la inyección del cuarto ventrículo, son glucosurias simples, no diabéticas, es decir transitorias. No existe más que una que sea propiamente diabética, aquella que provoca la Floridzine. Ella perdura tanto como la acción de envenenamiento provocada por esta substancia y muestra una perfecta relación con sus dosis. ¿No demuestran estos hechos que la génesis y la persistencia de la glucosuria son siempre el resultado de una autointoxicación?

Mi ilustre contradictor cree que para dar cuenta de la púrpura hemorrágica basta con admitir una excitación anormal de los centros vaso-motores, que producen el espasmo de sus vasos sanguíneos seguido de una parálisis que permite el paso de la sangre hacia ciertas zonas cutáneas, sin que sea necesario invocar la presencia de un veneno activo en el bulbo o en las extremidades de los vasos sanguíneos. Por mi parte, pretendo que toda excitación anormal es una irritación y que toda irritación engendra un veneno orgánico y una función patológica cuyo fundamento es la sustitución de una parte de la química biológica normal por una parte de química ordinaria de laboratorio. Y agrego que nada se rompe en el organismo, aún menos los vasos sanguíneos, sin la acción de un traumatismo físico o químico completamente ajeno al fisiologismo. Si los vasos se paralizan, se dilatan y por fin se rompen dejando pasar la sangre en la púrpura hemorrágica, es porque sus paredes se han envenenado.

La emoción que ocasiona la púrpura hemorrágica, como toda emoción patógena, es un estado de nutrición perturbado y, de partida, autotóxico; la constitución del estado emocional patógeno o la ausencia de tal estado dependen precisamente del hecho que el dinamismo de la emoción, como causa, puede o no perturbar la nutrición. ¿Qué son estas costumbres, nefastas o útiles, a las que por excelencia son aptos los centros nerviosos sin intoxicación alguna? Creo que esta manera de abordar el problema, con todo el respeto que debo al Dr. Meige, es algo impropio de la medicina de nuestro tiempo. ¿Nos conformaríamos ahora con llamar costumbre útil al apetito, cuando tenemos necesidad de alimentos, al sueño, cuando tenemos ganas de dormir, y costumbre nefasta o mórbida a los ataques de histeria o a las erupciones herpéticas que se repiten cada cierto tiempo sin ritmo ni medida? Pero si la ciencia es, como lo querían los escolásticos y como lo quieren aquellos que la cultivan ahora: coguito rerum per causas, tal conformidad dista mucho de ser científica. La investigación puramente científica ha constatado que cuando el ataque de histeria o la erupción herpética disminuyen, el coeficiente urotóxico disminuye mientras que el coeficiente hemotóxico aumenta, y lo contrario ocurre cuando el ataque de histeria o la erupción herpética aumentan. Me parece que estas investigaciones valen algo mas que la contemplación estéril de los ataques y la denominación de costumbre mórbida que se les da como explicación final.

En fin, el distinguido neurólogo con quien discuto entona un himno a la terapia psíquica que yo aplaudo con entusiasmo. Pero veo allí una omisión grave que no puedo dejar pasar. No hay, en efecto, en este himno ni una sola estrofa ni incluso una sola palabra a propósito del hipnotismo como modificador psicológico directo y como preparador del terreno en el que se debe sembrar la sugestión. Soy el primero en condenar los abusos e incluso el empleo por manos inexpertas, pero para mi es faltar de sentido práctico y renunciar sin razón a un medio terapéutico poderoso, el hecho de excluirlo sistemáticamente del tratamiento de muchas enfermedades donde ni la claridad, ni el sentido común ni la energía, no menos que la paciencia y el refinamiento exquisito, bastan para que tomen raíces las sugestiones educadoras, por retomar las palabras de mi ilustre contradictor.

Al distinguido Sr. Seeligmuller, que nos ha hecho el honor de hablar en español, estimando a la indiferencia religiosa de nuestro siglo, como causa principal del incremento de las enfermedades psíquicas, refiriéndose seguramente a las psicosis de origen emocional, y que encuentra en la religión protestante una fortaleza inexpugnable contra las emociones patógenas, solo debo decirle que la historia de la Medicina y mi propia observación no me han convencido del poder profiláctico de ninguna religión por si sola. Buena es sin duda, la conformidad cristiana en los azares de la vida; pero desgraciadamente las acompañan, de un lado el demonio de la carne, y de otro, el temor a las penas eternas, tantas veces emocionante de modo patógeno. La historia me ha ensenado que los pueblos mas religiosos con tal que sean, como es frecuente los mas ignorantes, son los mas emotivos, y mi propia observación me demuestra lo mismo en la sociedad española, donde las mujeres cuya instrucción se descuida y se sustituye con una religiosidad exagerada, son mucho mas emotivas que los hombres, y las regiones dominadas por el clero, pagan un tributo mucho más pesado a las enfermedades de origen emocional que las regiones, acaso menos religiosas; pero de seguro más instruídas. Sospecho que lo mismo sucederá en Alemania.

El incremento indudable de las psicopatías, reconoce otras causas que el descreimiento en las cosas de la otra vida predicadas por las religiones. Pueden concretarse en esta frase: el recrudecimiento de la lucha por la existencia y las mayores dificultades de esta lucha por la concurrencia y las mayores necesidades de una vida más perfecta y más prolongada que la de nuestros antepasados. La instrucción: he aquí en mi opinión el único remedio profiláctico de las emociones patógenas.

Estoy completamente de acuerdo con el Dr. Pregowski sobre la importancia etiológica de las disminuciones de las secreciones cutáneas y de la respiración por esta vía, y sobre la importancia terapéutica del reestablecimiento de estas funciones. Creo también en la posibilidad de una autointoxicación por medio de este mecanismo, debida en su inicio a un espasmo de los vasos sanguíneos cutáneos ocasionado por la emoción, cuya acción puede extenderse directamente a la nutrición y a las secreciones de la piel. Al sustituir la acción etiológica de la emoción por la acción anemiante y neurotrófica directa del frío húmedo y prolongado, nos encontramos ante el mecanismo patogenético de las manifestaciones reumatismales entre las cuales hay que situar probablemente aquella llamada neurastenia periódica.

El Dr. Loza ha hecho una serie de afirmaciones graves que debo examinar con algún detenimiento: Es la primera que para realizarse la acción del agente emocionante es indispensable la emotividad o sea la predisposición emotiva en el sujeto influido. Es la segunda que la predisposición por sí sola jamás producirá enfermedad alguna. Es la tercera, aunque ésta no esté muy clara, que las emociones patógenas solo ocasionan la locura y que la locura, previa la predisposición psicopática, es siempre de origen emocional. Y es la cuarta y última que la emoción es siempre un fenómeno patológico.

A la primera contesto que el maximum de inmunidad vital contra la acción de las causas morbosas corresponde a la salud perfecta; y como la salud perfecta, según el acuerdo de todos los biólogos, es un ideal irrealizable, resulta que todos los seres humanos somos mas o menos emotivos, que todos tenemos mas o menos predisposición para recibir las acciones emocionantes. A la segunda he de oponerle la verdadera doctrina sostenida por su protector y maestro, el Dr. Letamendi. de grata memoria, al que parece no haber entendido bien. Este combatió con éxito la idea de causas predisponentes y la sustituyó con el hecho de enfermedades predisponentes.

Si el Dr. Loza acepta, como no puede por menos y como indica en su relato, el que la predisposición psicopática es una enfermedad ya constituida, puesto que la llama debilidad cerebral y las debilidades permanentes caen fuera del fisiologismo, tiene que convenir en lo erróneo de su afirmación, rectificándola en el sentido de que basta el incremento de la enfermedad predisponente para transformarla en verdadera psicopatía, sin influencia exterior de ninguna clase agregada a las primitivas causas del mal predisponente. Con los progresos de la edad y la decadencia natural de las energías vitales, basta y sobra para que tal transformación se realice. Por lo demás sabe bien el Dr. Loza, de ello estoy seguro, que ni las emociones patógenas ocasionan solamente las locuras, ni todas las locuras son de origen emocional, ni los estados emocionales son forzosamente patógenos. Lo son cuando lo son; pero no lo son siempre y al contrario; hay por fortuna estados emocionales muy agradables, muy tónicos y de tal energía terapéutica, que para sí. la quisieran los mejores agentes farmacológicos.

Ahora trataremos un asunto mucho más importante: la necesidad de determinar si la parálisis general progresiva puede o no ser de origen emocional. Después de haber admitido la etiología psíquica, el Dr. Bombarda nos ha dicho: “Pero para poder concluir a una influencia tan grande como en el caso de considerar que una parálisis generalizada pueda tener su origen en las emociones, es necesaria una observación muy acuciosa, hasta en los más mínimos detalles, para que tal conclusión se imponga. Un hecho de esta naturaleza nunca se ha presentado. La parálisis generalizada -todo lo hace ver en este momento- no es otra cosa que la sífilis”.

El Dr. Brissaud sostuvo esta última conclusión aún con mayor fuerza, dado que no admite que una observación ulterior pueda modificarla. Y el Dr. Diaz Delgado, que la apoyó también con un “si, pero” deja aparecer sus dudas en cuanto a saber si esta misma parálisis general no pudiera ser ocasionada por el alcoholismo y el artritismo, enfermedad esta última que le sería imposible definir. La naturaleza sifilítica de la parálisis general no tiene más que dos fundamentos: la existencia frecuente, aunque no constante, de la sífilis en los antecedentes mórbidos de las personas que la padecen, y el sofisma del post hoc, ergo propter hoc. Se podría agregar un tercer argumento de rutina. Cuando un médico, que cuenta con una cierta notoriedad, escribe y publica alguna hipótesis, aunque no esté ni motivada ni apoyada en ningún hecho positivo, los espíritus críticos perezosos, que son legión, la aceptan sin examen dejándola circular y perpetuarse en los libros y otros medios de divulgación.

He aquí una observación recientemente registrada en mi sanatorio que puede servir de modelo y de ejemplo entre las observaciones que han dado lugar a la doctrina exclusiva expuesta por los doctores Bombarda y Brissaud. Un ingeniero de minas contrajo la sífilis cuando era un estudiante de 18 años. Padeció de ella las molestias correspondientes a los periodos llamados chancroso y condilomatoso durante un tiempo que según él mismo y su familia no duró más de dos años. Al cabo de este tiempo y habiendo sido su enfermedad más o menos bien curada, no se presentó ninguna perturbación atribuible a la sífilis ni a otra enfermedad. Benefició, en efecto, durante largo tiempo de una excelente salud. A sus 24 años se recibió de ingeniero y empezó a ejercer su profesión en algunas minas de plomo, en la provincia de Almería. A los 26 años se casó en esta ciudad y, uno o dos años después, tuvo una hija que al igual que su esposa gozaba de buena salud. Continuó su trabajo de ingeniero hasta los treinta y ocho años. En ese momento se presentaron los primeros síntomas de la parálisis general, es decir veinte años después de haber contraído la sífilis y 18 después de que todos sus síntomas hubieron desaparecido. Dos años mas tarde entró en mi sanatorio, donde murió hace poco tiempo.

¿Era esta parálisis general de tipo sifilítico? Los doctores Bombarda, Brissaud y Díaz Delgado, lo afirmarán sin dudar un instante. Yo lo niego enérgicamente. Este desdichado ingeniero, algunos días antes de percibir los primeros síntomas de su inexorable mal, padeció una emoción terrorífica al verse sepultado en una galería de una de las minas que estaban bajo su mando. Se le sacó medio muerto de entre los escombros, aunque sin ninguna contusión; antes del accidente se encontraba con buena salud. Casado desde hacia doce años, no había transmitido la sífilis a su esposa, y su hija no presentaba ninguna manifestación. ¿Qué sífilis era esta entonces?

El Dr. Brissaud nos comunicó un caso muy parecido de un médico de París a quien pudo diagnosticar que había padecido la sífilis mucho tiempo antes, tanto tiempo antes que el enfermo mismo lo negaba probablemente porque no lo recordaba. Creo que si el Dr. Brissaud hubiera buscado con perseverancia las causas emocionales en su enfermo, si las hubiera buscado hasta en la intimidad más recóndita de la vida privada, en la que se desarrollan frecuentemente los dramas más terribles (de los que no aparecen a la luz del día más que los suicidios, la locura paralítica u otra), su convicción no estaría hoy tan profundamente arraigada.

En fin, el Dr. Galiana, médico durante largos años en el sanatorio del Dr. Esquerdo, que ustedes habrán podido admirar, ha declarado en su excelente comunicación que no siempre ha encontrado la sífilis entre los antecedentes patológicos de los paralíticos generales de dicho establecimiento. Nos ha incluso transmitido un caso bastante instructivo de adquisición de la sífilis por un sujeto que había ya padecido de megalomanía paralítica, con temblores y dificultades de lenguaje. ¿Acaso este enfermo padeció la sífilis dos veces? Sería un caso prácticamente único en la historia. De todas maneras, el Dr. Galiana, clínico antes que nada, no es exclusivista y hace bien. Por mi parte, sin negarle toda intervención etiológica a la sífilis en el inicio de la parálisis general -intervención que dista mucho de la acción patogenética exclusiva y directa, como lo explicaré mas adelante-, estoy convencido de que las emociones en la dicha patogenia juegan un rol tanto o más importante que la sífilis. Ustedes serán sin duda ecuánimes conmigo sabiendo que esta convicción mía nació y se fortaleció en la clínica, de donde parten todas mis convicciones en medicina. Pero la relación de los hechos, con el detalle minucioso que pide el Dr. Bombarda, no daría más autoridad a mis afirmaciones que aquella -lo reconozco- que no pueden ostentar sino después de haber sido confirmadas por otros observadores de manera práctica.

El objeto de mi comunicación está logrado, en consecuencia, gracias a estas afirmaciones mismas. Esta comunicación no ha sido presentada por mi como un capítulo de dogma. Al hacerla no he tenido otra pretensión que la de llamar vuestra atención sobre las cosas que menciona y someterla a vuestra confirmación y a vuestra crítica. Os ruego tengáis a bien perdonar algunas de mis preferencias en el asunto debatido. Expresándolas, estoy lejos de querer menospreciar vuestro conocimiento.

Mi única preocupación es la de dar un fundamento racional a mis convicciones después de haberlas basado en los hechos. Desde el punto de vista anatómico, la parálisis general es una irritación difusa de la corteza cerebral que se extiende luego a todo el sistema nervioso pero que, según las mejores observaciones necrópticas, comienza por la armadura cojuntiva, perivascular e insterticial de dicha corteza, incluyendo la piamáter, cuyas adherencias a las circunvoluciones son constantes. Esta irritación conjuntiva, proliferadora y adhesiva, primero esclerógena y luego atrófica, se extiende más o menos rápidamente a los elementos neuróglicos y nerviosos bajo formas atróficas, degenerativas e incluso ulcerosas. Y al considerar estas lesiones en su conjunto, de manera macroscópica y microscópica, éstas no presentan ninguna analogía con aquellas que son de naturaleza sifilítica, representadas principalmente en los periodos más avanzados de la enfermedad por el granuloma circunscrito, que pude también localizarse en el cerebro dando síntomas de un foco ajeno a la parálisis general progresiva.

Tales diferencias anatómicas y otras, sobre todo evolutivas, agregadas a la no inoculación de esta última dolencia, inspiraron a Fournier la idea y el nombre de parasífilis, considerando la parálisis general y ciertas medulopatías como sus expresiones más puras. Desde entonces la parálisis general fue, ya no una afección sifilítica, ya no la sífilis como lo afirma el Dr. Bombarda, sino una afección parasifilítica, la parasífilis, especie mórbida nueva cuyas relaciones con la sífilis son completamente ilusorias puesto que ella no es ni inoculable ni curable con el tratamiento antisifilítico. Desde el punto de vista etiológico, gracias a sus observaciones en Indo-China, Jeanselm demostró que si bien la sífilis es muy frecuente en los individuos de raza amarilla, habitantes de estas regiones, el tabes y la parálisis general son allí desconocidas. Scherb observó en Argelia el mismo fenómeno en los árabes, en circunstancias que la parálisis general es frecuente en los judíos. Magnan y P. Garnier establecieron con toda certeza la influencia decisiva del alcoholismo en muchos de los casos de parálisis general, completamente independientes de la sífilis. Otros autores han reconocido y demostrado la misma influencia en el saturnismo, la pelagra, la gota, la diabetes, el exceso de función cerebral, las emociones (E. Dupré), en las infecciones (P. Marie), en el reumatismo (Pierret), en el paludismo (Obersteiner). Y otros, en fin, en la herencia neuropática y tóxica (heredo-alcoholismo, Joffroy).

Según estos datos, estamos muy lejos de poder decir, como lo hacen los Dres. Bombarda y Brissaud, que la parálisis general no sea otra cosa que la sífilis. Nos parece más pertinente decir, con Dupré, que la parálisis general es automáticamente un proceso difuso provocado por una contaminación tóxica difusa del encéfalo, asimilable, como en el caso de ciertas hepatitis y nefritis tóxicas, a los procesos histopatológicos difusos que provocan en las vísceras las intoxicaciones sanguíneas; y con Sérieux y Fernarier, que la parálisis general es una afección, no parasifilítica, ni incluso parainfecciosa, sino una afección paratóxica.

Y como partí de este hecho, que me parece demostrado, que toda emoción patógena es anatómicamente una autointoxicación cerebral, mis eminentes contradictores pueden ver cómo, además de los argumentos que me proporciona mi práctica y mis propias investigaciones clínicas y de laboratorio, sostengo el origen emocional de la parálisis general, sin negar las otras causas, con el apoyo de numerosos y muy respetables observadores.

Unas pocas palabras para concluir, al Dr. Ots y Esquerdo: La invalidez mental que señala como causa principal, sino única, de las psicopatías, debe provenir de algo y este algo, causa primera de las psicosis, no ha tenido a bien indagarlo. De haberlo hecho, se hubiera encontrado con la emoción patógena muchas veces, como me he encontrado yo mismo y como se han encontrado otros muchos observadores cuyas prácticas valen, por lo menos, tanto como la del Dr. Ots y Esquerdo. Por lo demás, lamento que su psicoterapia siga siendo la de los alejandrinos, sin perjuicio de envidiarle su formulario farmacológico, hidroterápico, etc., curativo de la mayor parte do las frenopatías. En bien de la humanidad asilada en los Manicomios y de los locos que andan sueltos debe publicarlo.